jueves, abril 30, 2009

Porcino quedaban dudas
De movida podemos decir que lo único bueno que trae aparejado la gripe de los cerdos, que es mortal hasta el momento, es la posibilidad de no seguir escuchando el rock mariachi de Julieta Benegas. Quién nos dice, el Señor, la lleve a su lado y nosotros podamos volver a tener un poco de paz auditiva. Claro que surgirán "nuevos talentos", el mal no descansa.


Ahora bien, volviendo al drama porcino la cosa parece que viene pesada. No bastaba con la crisis del capitalismo, sino que los sucios animalitos se están vengando de tantos años de crímenes traducidos en fetas de jamón.

Otro problema será de orden lingüístico: ¿Qué haremos con frases tales como "chancho limpio nunca engorda" o "difícil que el chancho vuele"?, entre otras.

Amigos, el mundo hace ruido. Es imposible estar a salvo. ¿Debemos comprar acciones en fábricas productoras de barbijos? ¿Es este otro mal producido en un laboratorio? ¡¿Alguien hizo el amor con un cerdo?! Las prácticas amatorias y sexuales se verán afectadas: cuidado con los besos y de ahí para arriba. Dicen que hasta los mariachis tienen miedo de prestarse las trompetas por las dudas: nadie sabe quién posee el bicho en su flujo sanguineo.

En los aviones, todo el mundo mira asustado al que tiene al lado y si alguien llega a toser lo mejor es ponerse un pañuelo en la boca y rezar para que no pase nada. Se está pensando en aislar a México. Esto no sería tan grave ¿qué puede perder el mundo? Ni Luis Miguel ni el machismo mexicano valen demasiado y hasta los boleros nos aburrieron a todos.

Pero parece que ya es demasiado tarde y la leche se derramó. Hoy dicen que ya hay casos en países europeos. En España, ya detectaron más de una docena de casos. Zapatero, ve el lado positivo y cree que esto bajará un poco el índice de desempleo producido por la crisis. Como vemos no siempre todas son malas. En nuestro país, las cosas son distintas. Imagínense si además de la crisis de 2001, los años de Alfonsín y su hiperinflación, la flexibilización laboral del menemato, la coyuntura electoral de este año, si encima de todo eso sumamos el problema de los cerdos ¿alguien avizora el escenario que viene?

Los argentinos tenemos la virtud de cagarnos la vida sin grandes malarias, como si las creáramos por antelación, de manera de estar cubiertos y que una especie de justicia divina dijera "son tan garcas, estos argentinos, que no necesitamos mandarles ninguna peste. Ellos solitos se cagan la vida". Y sí, es así. Este país es un chiquero.

miércoles, abril 22, 2009

Oración: Save a prayer

si por una de esas reputísimas vueltas de la vida nos pasamos la existencia perdiendo el tiempo en cosas y gentes que no valen una mierda, so, por qué no apagamos las luces, mejor, y escuchamos una versión de My sweet Lord y nos dejamos de hablar boludeces.

Amén

sábado, abril 18, 2009

La arquitectura del monstruo


Allá lejos y hace tiempo, Borges y Bioy dieron forma al otro peronista en su Fiesta del monstruo. Esa idea de monstruosidad, vuelve a aparecer en la socialdemócrata Betty, en relación con las construcciones precarias de las villas que crecen minuto a minuto en Buenos Aires. Invitamos a la lectura del siguiente reportaje, aparecido en Página 12, a propósito del reciente libro de Beatriz Sarlo: "La ciudad vista".
Aclaramos en clave a algunos pasajes del texto: Nadie puede decir que no se vio venir esto que ahora está explotando por todos lados. ¿O hay quien puede?


Nota de Página 12

Radiografía de Buenos Aires

En su nuevo libro, La ciudad vista, Beatriz Sarlo presenta su propia versión de la ciudad de Buenos Aires, contruida a lo largo de muchas caminatas y con una mirada atenta, nostálgica y crítica sobre los cambios que se han producido en las últimas décadas. Llaman su atención los personajes, los ambientes y las costumbres que genera el nuevo espacio, desde la circulación de las mercancías en los shoppings y en la venta ambulante a las intervenciones y representaciones artísticas y publicitarias. Emergen con rasgos monstruosos, desde su punto de vista, la “ciudad de los pobres” y la ciudad de los migrantes, una Buenos Aires ya no dividida en norte y sur, sino fracturada en capas más compejas y cuya mayor condena es que se modifica y multiplica sin objetivo racional ni planificación.


Por Veronica Gago

La ciudad está en el centro del debate político: por su inseguridad, por velorios masivos que la toman de sorpresa, por sus reglamentaciones (anheladas o existentes), por sus enormes y novedosas ferias informales o por sus catástrofes cotidianas. En ella transitan miedos de toda clase (y de todas las clases) y es escenario de conflictos en los que, una y otra vez, se dirime si es posible aún el uso público de los bienes colectivos. Es, y pareciera serlo hoy más que nunca, campo de batalla, con sus guetos, sus fortificaciones, sus zonas de privilegio. Cada vez más estratificada y segmentada y ya no simplemente dividida entre norte y sur: cada barrio, cada cuadra, replica una grilla ínfima de prevenciones, resguardos y seguridades. Se la transita con mapas perceptivos que se adhieren a las fobias y a las alertas mínimas del cuerpo, alimentadas diariamente por el fervor de los noticieros. De la ocupación callejera que impuso la crisis en el 2001 a la ciudad en la que cada quien se preocupa porque su experiencia urbana aparezca reflejada en un mapa virtual de la inseguridad –uno de los dispositivos de propaganda más exitosos de la campaña política en marcha–, ha emergido una nueva ciudad.

Justamente Beatriz Sarlo se ocupa de ella: acaba de publicar La ciudad vista (Siglo XXI). En sus páginas, Buenos Aires es recorrida, fotografiada, descripta, pensada y, sobre todo, mirada. Sarlo lo hace, como no podía ser de otro modo, desde su punto de vista. Que implica un contrapunto –más o menos visible– ya no con la ciudad del 2001, sino con la de los años 60-70. Así, La ciudad vista, aun cuando analiza las transformaciones de los últimos años, parece ser un diálogo con la ciudad vista por ella misma a lo largo de varias décadas. Aclara Sarlo que buena parte del material de su libro proviene de las derivas urbanas que hizo para escribir su columna dominical en la revista Viva. Sin embargo, esas crónicas fueron la excusa para poner a funcionar una máquina interpretativa más poderosa que va del análisis de la circulación de las mercancías en la ciudad (de los shoppings a los vendedores ambulantes) a las intervenciones y representaciones artísticas y publicitarias (fotografía, pintura y guías de turismo), haciendo eje sobre todo en la “ciudad de los pobres” y la ciudad de los migrantes (de Liniers al Bajo Flores, de Villa Riachuelo a Soldati).

¿Cómo está construida la mirada de La ciudad vista?
–Te diría que hay dos comienzos teóricos para pensar La ciudad vista. Uno es Clifford Geertz: es decir, la idea de tomar un acontecimiento –como él puede tomar el entierro de un príncipe o una pelea de gallos–, mirarlo de manera intensa y luego hacer una descripción profunda. Sin embargo, lo que a mí me impacta de Geertz es sobre todo la intensidad de la mirada: ¿de qué manera esa mirada va atravesando diversas capas y superficies de lo real? La que yo llamo la ciudad vista es aquella que se presenta ante una mirada de determinada intensidad. Quedarse largo rato, quizás días enteros, frente al mismo lugar tratando de que algo, un núcleo, que está más allá de los movimientos y de la primera impresión, pueda rendirse ante la mirada. Esta mirada en profundidad es el primer impulso, no porque piense que hay una verdad a la cual se llega, sino porque pienso que se atraviesan diversas capas de eso que se muestra a la mirada. El otro punto de partida es muy tradicional en mí y a esta altura puedo darme cuenta de quiénes fueron los que me marcaron más fuerte: fue Roland Barthes, sin dudas. Su forma de leer los textos de literatura y los acontecimientos –como puede ser el catch o una escena de cine o un monumento como la Torre Eiffel–. Es decir: mirar la ciudad o mirar el acontecimiento que se produce en la ciudad con el detalle con el cual uno miraría una frase de literatura. Cuando digo leer la ciudad, lo digo en un sentido no metafórico, sino recto: la leo buscando el máximo de detalle y de profundidad tal como leería un texto complicado de literatura. De hecho, en este libro, las escenas de ciudad y los fragmentos literarios con los cuales trabajo están tratados del mismo modo, con la misma mirada, esa mirada obsesionada por el detalle. La idea es que en el detalle puede emerger algo de la verdad del acontecimiento. Digo “puede” emerger, lo cual no significa que necesariamente lo haga o que yo lo haya captado. Pero si existe alguna posibilidad de captar el acontecimiento, es en el detalle.

Dijiste hace poco que cuando escribiste tu libro Modernidad periférica en los años ‘80 estabas optimista. ¿Con qué estado anímico-político escribiste La ciudad vista?
–Creo que con el que sentimos todos los que nos ubicamos en la franja del progresismo argentino. Recorrer Buenos Aires, si uno sale de Palermo, Belgrano y Caballito, es encontrarse con una ciudad que no hubiese podido ser predecible hace cuarenta años; y hace cuarenta años yo ya conocía bien Buenos Aires. O sea que estaba recorriendo una ciudad que era la mía y que se había transformado de una manera probablemente irreversible para las próximas décadas. Lo que veía no era la ciudad que siempre hemos interpretado como dividida entre un norte y un sur, que han sido las hipótesis correctas anteriormente, sino un sur de la ciudad que parece haberse hundido, en el cual parece haber sucedido una catástrofe atómica. Cuando uno llega a Villa Riachuelo, a ciertas zonas de Soldati, o a la villa 1.11.14, uno tiene la impresión de que está frente a arquitecturas monstruosas que son fruto de una catástrofe. Provienen más de un film de ciencia ficción que de aquello según lo cual una ciudad se construye. Las arquitecturas que quedan enfrentando el barrio Charrúa, después del Polideportivo de San Lorenzo, son realmente arquitecturas de pesadilla. Y las llamo arquitecturas porque no hay otra forma de llamarlas: son autoconstrucciones que representan una tipología monstruosa, en la cual es muy difícil que se implante una buena sociedad.

En la villa 1.11.14 hay mucha arquitectura que también puede verse en una ciudad como El Alto, en Bolivia: desde el color hasta la forma y los materiales. ¿Por qué llamarla arquitectura monstruosa y no pensar, en cambio, que se arrastraron a Buenos Aires arquitecturas latinoamericanas, en este caso, provenientes de El Alto?
–La 1.11.14 no era predecible en Buenos Aires hace cuarenta años. Entonces, es la irrupción de algo que no pudimos ver que iba a irrumpir. De ahí esa sensación de pesadilla. Cuando yo era militante en villas, cuando conocía la villa, la villa era mucho más parecida a lo que es hoy un barrio obrero. En cualquiera de las villas grandes, incluso las de pasillo, la perspectiva de salida estaba presente en quienes vivían allí. E incluso existía la perspectiva de mejoramiento dentro de la villa; eso que hoy se llama urbanización y que no se va a poder lograr nunca. Entonces, lo que ha sucedido, a diferencia de otras ciudades latinoamericanas, es que esta irrupción no se previó hace cuarenta años. Entonces se pensaba que la villa era un problema de pobreza que podía solucionarse mientras que hoy se ha convertido en una erupción que no puede ser contenida.

¿Contenida políticamente?
–Si me preguntás desde un punto de vista político, te diría que el problema de la villa es el problema nacional. Ahí están condensados todos los problemas del federalismo argentino, de las migraciones internas, de la educación, de la salud y de la seguridad. Insisto: es el problema nacional. Yo no hubiera contestado esto hace cuarenta años. Hace cuarenta años uno tenía la visión, quizás equivocada o romántica, que en la villa había una resistencia capaz de ser transformada en una resistencia política. Hoy eso no puede ser pensado.

¿Por qué no?
–Porque de ahí se han ausentado todas las instituciones de organización. En la villa hoy ya no están ni el partido político ni la sociedad de fomento. Funcionan en todo caso en las periferias, con militantes totalmente sacrificados, pero que no pueden penetrar en la densidad de ese corazón que, además, se alimenta día a día con nuevas llegadas. Entonces, las instituciones que eran la trama organizativa de la villa –no había partido político que no tuviera alguno de sus locales en la villa–, se han ausentado o desplazado hacia su periferia, hacia los lugares donde los que no somos de la villa podemos entrar y podemos entrar unos pocos metros. Esto por supuesto no sucede en algunos barrios muy pobres, como el barrio Charrúa; esa es la enorme diferencia: ahí hay instituciones, hay una escuela y una iglesia en el medio del barrio, ahí las familias siguen funcionando de manera más o menos organizada y todo eso le da otra densidad. Pero en las verdaderamente grandes, como la 31 y la 1.11.14, esas instituciones no tienen capacidad de gestionar la miseria que está adentro. De ahí que tome ese carácter inesperado y monstruoso, de ahí que tome ese carácter de excrecencia.

Las villas 31 y 1.11.14 vienen siendo los focos de atención de las campañas políticas de la ciudad por dos cuestiones básicamente: se las señaliza y estigmatiza como lugares donde se origina y condensa la inseguridad y se las relega como espacios que exigen discutir la posesión de la tierra y la reforma urbana. En el libro decís que de los suburbios se ha retirado justamente la posibilidad de reforma. ¿Te parece que se trata de un término falso cuando se habla de urbanización de esos territorios?
–La urbanización de esos territorios probablemente sea la salida, lo que pasa es que eso significaría un acuerdo entre Nación y Ciudad al que no veo ninguna posibilidad de que se establezca. No sé cuál es la voluntad de Macri de resolver problemas en la villa 31 pero convengamos que esa villa no cae bajo su jurisdicción. Por eso digo que las villas miseria, las que rodean Buenos Aires y las del Gran Rosario así como las del Gran Mendoza, son problemas nacionales porque allí viven argentinos de todas las provincias, además de los migrantes que son también un problema de la Argentina, en el sentido que la Argentina, por su Constitución, está obligada a integrarlos y a garantizarles todos los derechos. No hay caudillo o gobernador de Santiago del Estero, por ejemplo, que pueda decir que este problema no le concierne en la coparticipación federal.

Los migrantes ocupan buena parte de La ciudad vista. Decís que, junto con la pobreza, son lo más fuerte del presente de la ciudad. ¿Cuál es la diferencia mayor con las migraciones de otras épocas?
–Las primeras oleadas migratorias estaban incluidas en un diseño de política nacional. Aun cuando los agentes argentinos en Europa prometieran a los inmigrantes futuros cosas que el Estado no les iba a brindar –como tierras o posibilidades de trabajo en el campo– y aun, también, con la xenofobia que pudiesen producir, la llegada de los migrantes eran parte del diseño del país, del diseño alberdiano: “Necesitamos mano de obra para un país que no la tiene y cuanto más calificada mejor”. Las nuevas migraciones, la de los países limítrofes, no entran en ningún diseño de política nacional. Simplemente los gobiernos las consideran inevitables. A veces toman medidas reaccionarias para limitarlas o expulsarlas en algunos momentos y en otros las dejan estar. Pero es claro que no forman parte de ningún proyecto de inclusión. La escuela no está cerrada para ellos pero tampoco está demasiado abierta; no hay una escuela que piense que tenga que incluir a los hijos de los migrantes porque se van a convertir en ciudadanos. Tampoco hay un sistema de salud que los incluya. Ninguno de los sistemas globales lo hace. Ni siquiera el sistema militar que antes incluía a los hijos de migrantes. Uno está en contra del servicio militar pero era parte de esos sistemas globales que ponían en un mismo plano a las poblaciones de origen local, criollo, con los hijos de quienes llegaban en las oleadas migratorias. Hoy simplemente las oleadas migratorias suceden, entran, salen, se quedan, se ganan la vida como pueden, y algunas comunidades se establecen de manera muy firme como es el caso de la boliviana en una punta o la coreana en la otra. Pero no hay ningún diseño de Estado que esté pensando este problema. Esta es la gran diferencia.

¿Cuáles son las reacciones de las clases medias urbanas frente a la migración?
–Las capas medias pueden ver eso como pintoresco, en tanto no les toquen sus barrios. De ese modo pueden ir alegremente a comprar los productos que se venden en el barrio chino y en cualquier momento se puede poner de moda la cocina boliviana como se puso de moda la cocina peruana: estamos en un momento de erupción de lo étnico. Estos son los reflejos de las capas medias. En cuanto estos migrantes se vuelven molestos en la circulación en los barrios donde no hay migrantes, las capas medias reaccionan de manera negativa. Están como programadas culturalmente para hacerlo. Entonces, los migrantes quedan como lo absolutamente otro. Incluso siendo minoría: son muchísimos menos que los que llegaron entre 1880 y 1914. Sin embargo, quedan como encapsulados dentro de sus barrios. Y encapsulados dentro de sus etnias. Es como el negativo, aunque sea ideológicamente, de lo que fue el proyecto de integración migratoria del ‘80; aunque uno pudiera decir que aquello fue sólo una ideología, las ideologías, aun como declaraciones, producen efectos. Entonces, la ciudad está cada vez más dividida en cotos locales. Ya no es como hace un tiempo la división norte-sur, sino divisiones barriales muy precisas donde emergen, por otro lado, barrios culturales. Uno podría poner en una punta a Palermo como barrio cultural y en la otra al barrio Charrúa, como absolutamente migratorio aunque sea altísima la proporción de argentinos que vive allí, toda gente que habla a lo porteño, pero que sigue estando rodeado de esa coraza que rodea a lo migratorio. Esto no exime que se pueda poner de moda.

Decís que en la ciudad de la transición democrática se vive con más miedo que en aquella gobernada por un Estado terrorista. ¿Se trata de tipos de miedos diferentes?
–Los que tenían miedo bajo la dictadura eran, éramos, una minoría: aquellos que eran o conocían o eran familiares de militantes políticos que podían desaparecer o ser asesinados. Hoy, en esta especie de olvido de que había separaciones fuertes durante la dictadura en la sociedad argentina, hay que saber que ese miedo pertenecía a una minoría. Yo recuerdo mi sorpresa cuando alguien que no pertenecía a ningún entorno político en 1978 me dijo “en este país están matando gente”. Y después me di cuenta que esa persona vivía en la ciudad donde el obispo De Nevares tenía una parroquia: es decir, era una minoría que si le tocaba una misa de De Nevares podía enterarse. El resto de la sociedad funcionaba con la seguridad que imponen las dictaduras militares: se circulaba hasta una determinada hora de la noche, se sabía que los chicos tenían que llevar documentos, que en los colegios había que llevar el pelo de cierta manera, etc. Por tanto, la vida cotidiana tenía una reglamentación que introducía una seguridad en los sectores que hoy sienten inseguridad. La democracia, afortunadamente, termina con esa sociedad reglamentada. Por otro parte, contemporáneo a la democracia, se produce el proceso de latinoamericanización de las grandes ciudades argentinas. Esto comienza en los tardíos ‘80, se expande cuando nadie quería verlo en los ‘90 y eclosiona en el 2001, cuando se hace particularmente visible porque aquellos que todavía no habían caído sienten que pueden caer, y recién ahí empiezan a ver que otros ya habían caído. Es entonces cuando las ciudades se tornan inseguras porque por un lado tenemos una sociedad de la miseria que está totalmente disgregada, y para verlo hay que leer el libro de Cristian Alarcón –ése sí es un libro de etnografía–, donde las organizaciones tradicionales como la familia ya no pueden implantar un cierto orden y por otro hay capas medias que se sienten asaltadas por esa sensación, real por otra parte, de que la violencia urbana ha aumentado. No se trata de discutir si en el 2009 hay más delito que en 1960: hay más delito en Buenos Aires y en todas las ciudades del mundo. Lo que sucede es que nadie quiere hacer sociología criminalística en la ciudad donde vive, mucho menos los medios de comunicación que viven de tirar carroña a la pantalla todas las noches. Lo que ha sucedido es que se han soltado los hilos del tejido social: la mayoría lucha desesperadamente por anudarse, si no fuera la mayoría viviríamos en la Franja de Gaza, con misiles de una villa a otra. Las minorías más pobres, sin embargo, quedan sueltas.

¿Se podría decir que tu hipótesis es que el consumo es lo único que hoy genera comunidad?
–No diría tanto. Esa sería una hipótesis de los optimistas y yo no tengo nada de optimista. Hablo de los optimistas que dicen que las barras bravas o la televisión generan comunidad. Yo no pienso así. Lo que traté de decir es que hay dos formas de consumo que hoy definen la relación con el mercado: el shopping por un lado y los vendedores ambulantes por otro. Son las dos formas más visibles y definidas de la circulación actual de mercancías en la ciudad. No sé ni me pronunciaría sobre su capacidad de producir comunidad. Quizás entre los ambulantes se generen pequeñas formas de autodefensa y de organización, pero muy débiles e instantáneas. Los shoppings los defino como escenarios donde todo sucede.

Lo preguntaba porque decís que el consumo ofrece a todos por igual posibilidades de ensoñación...
–Eso sí, pero no toda posibilidad de ensoñación genera comunidad. El shopping como escenario en el que capas medias y medias bajas circulan por igual un sábado a la tarde, y cada uno sale de allí con lo que le tocó, genera ensoñación pero no comunidad: cada uno vuelve a su nicho. Yo no me expido sobre la preocupación de generar comunidad. Mi preocupación es más moderna: cómo se consolida sociedad, es decir, igualdad de derechos, de accesos.

Esa idea de sociedad supone la creación de ciudadanía en términos también modernos. Sin embargo, de la lectura del libro, esa aspiración queda demostrada casi como un imposible...
–Sí, generar ciudadanía es generar sociedad. Para volver al principio: en Modernidad periférica tenía la idea de que la modernidad triunfante de los ‘20 podía venir y este libro, en cambio, no tiene idea de ningún regreso. La Argentina no tiene regreso. No va a volver a lo que fue. No hay ninguna restauración. El cambio ha sido tan brutal que no queda ningún fundamento sobre el cual restaurar. Hay que pensar todo de nuevo de aquí para adelante.


El velorio de Alfonsín
¿Qué detalles, para retomar tu método, captaste en estos días de velorio callejero?
–En primer lugar, el principio de auto-organización muy fuerte de la gente. En segundo lugar, la cuestión silenciosa, no futbolera, no rockera, pero sí de aguante. Un aguante silencioso, que decía “son cuatro o seis horas de cola, las hago, me quedo”. Y veías escenas de gente en silla de ruedas, o un hombre con una cámara de foto que le relataba permanentemente lo que pasaba a una mujer ciega. Era un aguante de acompañar al muerto porque por la televisión ya se sabía que pasar por la capilla ardiente era apenas unos segundos, pero la gente se quedaba más allá de ese momento. Otra cosa, que se dijo mucho pero fue muy impresionante, fue la cantidad de jóvenes. Pregunté a muchos por qué habían ido y en varios casos decían por familiares y en muchos otros, sorprendentemente, por la escuela; hay algo de la escuela que todavía funciona. En la procesión hacia el entierro hubo algo muy curioso y es cómo iban cambiando los sectores sociales que se agregaban a la procesión. Del Congreso salieron los militantes radicales y gente de clase media y algunos de clase media baja y después había un ascenso de las capas medias hasta llegar a Recoleta. Visualmente era absolutamente preciso: una procesión fúnebre con su correspondiente estratificación social y urbana. Por último, la otra cosa llamativa, que también viene de los fenómenos de masa colectivos, fue la espontánea y sucesiva producción de olas de aplausos y de gritos de ¡Alfonsín!; se iniciaban en algún lugar de la cola y se iban comunicando con la misma tecnología que en las canchas o en los recitales.

¿Qué tipo de figura política se velaba?
–Fue el velorio de un político que llegó a viejo y que supo construir una figura de padre, siendo que siguió siendo un político de manejo y de partido. Un político que, en la experiencia de la gente, no se volvió despreciable.

Hubo algunos análisis políticos que a partir del conflicto del campo el año pasado compararon el kirchnerismo con el alfonsinismo por algunos elementos comunes: el enfrentamiento con ciertos poderes de facto y el llamamiento a la movilización. ¿Estás de acuerdo con esta analogía?
–No, porque Alfonsín era un político con una enorme vocación de diálogo. Era alguien que se podía subir a un púlpito y contestarle a un cura e incluso tener intervenciones desdichadas como aquella de “a vos no te fue mal gordito”, etc., pero que creía en el diálogo político. Su pacto con Menem, además de ser un ejercicio de la ética de la responsabilidad con un mal diagnóstico político –lo cual es típico de la ética de la responsabilidad: pensar que si no hacía el pacto iba a pasar algo terrible–, es también un mecanismo del diálogo político. Te diría que Alfonsín estaba temperamentalmente volcado al diálogo político y los Kirchner están temperamentalmente ajenos al diálogo político, no creo que hayan discutido con políticos de otro partido en su vida. No tienen nada que ver. Alfonsín vivió en el diálogo: fue parlamentario, después estuvo en Asamblea Permanente, después en la Alianza. Respecto del conflicto del campo, Alfonsín hubiese pegado, como hizo con la Sociedad Rural en su momento, y hubiese negociado. Era el típico político de dos manos: pegar y negociar, pegar y negociar.

lunes, abril 13, 2009

Puericultura


Nace un hijo, tu hijo, mi hijo, y todas las preguntas que antes carecían de respuesta, hoy no sólo continúan en el mismo estado, sino que se han multiplicado de manera insospechada, en cantidad y en calidad.

Las preguntas que uno se hacía antes, hoy por hoy, comparadas a las que nos obliga a hacernos el hijo que recién nace, nos parecen mucho más filosóficas, aunque no lo sean y nunca lo hayan sido. Preguntarse si era conveniente cambiar de trabajo o lisa y llanamente tratar de conseguir uno, si era bueno hacer tal o cual curso, si era más apropiado apurar esas materias de la universidad para lograr cuanto antes el título soñado y a partir de allí empezar una nueva vida, etc.; hoy esas preguntan siguen siendo válidas, es más, diría que más válidas que nunca básicamente porque, en rigor, nunca tuvieron una respuesta acabada o satisfactoria.

¿Pero es que entonces todo el problema con nuestro primer hijo redunda en preguntas insatisfechas? En gran medida, diríamos que sí. También se puede decir lo mismo de nuestra vida antes del nacimiento del bebé; sí, es cierto, también se lo puede decir. Lo que pasa es nuestro hijo nos impone urgencias todo el tiempo y eso agrega un problema que antes no teníamos. Ahora necesitamos dar una respuesta acabada al instante. No tenemos tiempo para prórrogas. Todo se transforma en acción y reacción; y en esa lógica cronométrica en la que nos mete nuestro hijo, cada nuevo problema se encadena al anterior de manera urgente y sin mediar demasiado sentido. Si se caga, hay que limpiarlo. Si se orina, hay que cuidar que no se paspe. Si vomita hay que levantarlo enseguida para que no muera asfixiado. Ya vamos a ver que finalmente nunca se mueren asfixiados –al menos, la gran mayoría- pero nosotros creemos que sí, que ese vómito blanco de leche le va a obstruir los pulmones y en segundos, no más, el nene pasará a mejor vida. Cosa de lo más desagradable que hay: hablar de la muerte de un infante. El mero hecho de pensar en un ataud diminuto es escalofriante, por no decir de pésimo gusto. Finalmente, es de esos temas que el buen sentido común de nuestra sociedad burguesa, prefiere ocultar. Lo bien que hace.

Pero, retomando, unos de los ejes que se debe tener en cuenta cuando se es padre, al menos padre primerizo, es el tema de las preguntas insatisfechas. Las preguntas insatisfechas no son preguntas histéricas. No, se trata de preguntas que no tiene una respuesta positiva, queremos decir, algo parecido a la tranquilidad matemática de dos más dos es cuatro. En la paternidad primeriza todas las respuestas que los padres buscan encontrar a sus más que lógicas inquietudes, siempre se vanaglorian de una gran cuota de relativismo. Y esto, hay que decirlo, empieza desgraciadamente con los médicos, obstétras primero, pediatras después. ¿Pero es que alguien puede creer que la pediatría cubre la vida del niño desde que nace hasta casi el fin de la adolescencia? Es sin duda, una de las ramas de la medicina que más público cautivo tiene. Basta con ser un pediatra más o menos agradable y comprensivo con los padres, para tener el futuro asegurado.

Pero es que todo se vuelve un problema para los padres primerizos. Diríamos que el primer mes es una gran incógnita que comienza en la sala de parto cuando te entregan a tu hijo envuelto como un paquete –sólo se le ve el rostro-, pasando por las dos noches que te dejan quedarte en el hospital –un tiempo de gracia como para que no te desesperes y en el cual no hacés otra cosa que estar contento por tu hijo y preguntarte por qué se te ocurrió tener un crío- incluyendo el angustiante momento en que nos dan el alta y hay que llevarse el niño a casa, pero especialmente, todos y cada uno de los días que conforman ese primer mes, mayoritariamente espantoso, sino fuera por algunas monerías propias de los bebes que logran conjurar esos momentos de crisis donde lo depositarías en el suelo como si se tratara de una pelota de rugby para luego propinarle una temible patada que lo saque raudamente de tu vida, a través de la ventana. ¡Pero no! Todo eso se disuelve instantáneamente con una sonrisita o un flato cómplice que alivia al desesperado niño. La cuestión comienza a partir del día en que llevamos al niño a su nueva casa. Hasta ese día, la casa, -si es que las casas como en las novelas de fantasmas tienen registro de algo- era un espacio donde la joven pareja tenía resueltos todos sus temas burgueses. Si la pareja era afecta a la lectura y a la música, tendría esos lugares llenos libros y discos donde sentirse a gusto. A decir verdad, la metamorfosis de nuestro templo burgués empieza un poco antes del ingreso material de nuestro niño. Los cambios en nuestra casa empiezan un poco antes, pero claro está, en ese momento no podemos avizorar lo que realmente va a ocurrir. Comienzan con el ingreso de una serie de objetos que poco a poco van poblando algunos espacios que –como toda buena pareja burguesa, había reservado para su prole- como imaginará cualquiera, aparecen la cunita, el cambiador para el niño, el cochecito, el bañador, etc., etc. Muchos de estos objetos son regalos de familiares que sienten –por tradición u obligación social- que deben dejar una impronta, poner primeros que otros su banderita. De modo que suelen aparecer preguntas clásicas como “¿qué van a necesitar para el nene?” “¿Qué te falta?” “¿Tenés ropita? Mirá que usan mucha porque hay que cambiarlo todo el tiempo.” Como estas frases hay muchas más. Ninguna es original, si es que la originalidad tiene algún valor, en algún orden de la vida. Además de este moviliario naif, aparecen objetos que se vuelven tan necesarios como el aire: los pañales, el sagrado óleo calcáreo, el algodón, son elementos que no pueden faltar para poder llevar la vida adelante. También recomendamos alguna crema medicinal contra lesiones producidas por las deposiciones del niño. Volviendo a la casa, la escenografía comienza a alterarse y de pronto una habitación se va pareciendo a una mezcla de juguetería con jardín de infantes. Uno recuerda imágenes de la propia infancia, y se dice que debe ser comprensivo. Sin embargo, cuando además de primerizo, uno es un padre maduro que tuvo a su primer hijo cerca de los cuarenta, todo el mundo de la infancia nos parece absurdo, molesto, cuando no estúpido. A priori, antes de tener a tu propio hijo en los brazos, juramos nunca transformarnos en esa clase de personas que le hablan a los bebés con vos de estúpidos, profiriendo algunos sonidos sin sentido, tales como: dududu dadada. Lo que puede quedar bien para una canción pop, no deja de parecernos imbécil cuando lo observamos en una persona grande con un niño en los brazos. Pero, como ya dijimos, esa estupidez tiene una razón de ser que va más allá del sentido de sus proposiciones que como ya señalamos carece de sentido alguno. De pronto, llega la madrugada en la que uno se encuentra desesperado por los gemidos, gruñidos, alaridos, llanto descontrolado de su hijo. Preocupado por qué dirán los vecinos, que seguramente estarán molestos por los ruidos que produce un niño en medio de la noche –tenemos conciencia social-, angustiado porque no encontramos el modo de apaciguar los reclamos del menor, socavados al ver que nuestros recursos para con él no son los que tiene una experta en puericultura, de pronto metemos manos a nuestros recuerdos sociales y comenzamos a entonar esas melodías absurdas que alguna vez escuchamos y despreciamos –con todo derecho, claro, no eran Mozart- pero que ahora estaban brotando de nuestra garganta dormida, en medio de la oscuridad, para sacarnos del apuro y ver si podíamos, cuando menos, controlar la situación. He aquí otro gran tema para nuestra historia. Si el primer tema eran las preguntas insatisfechas, nuestro segundo problema pasa por cómo recuperar el control perdido. En especial, si lo perdimos en manos de un niño que no llega a los tres kilos y medios y no supera los cincuenta centímetros de largo. Esto, amigos, es toda una reflexión sobre el campo de lo social. Sí, la vida, si es que la podemos llamar así, del padre primerizo empieza a replegarse y podríamos decir que lo hace desde distintos flancos. La perdida del control como tema a resolver se transforma en un objetivo central de nuestra nueva cotidianeidad. En los momentos de tregua en los que el niño duerme, a veces por su propio cansancio, a veces por estar satisfecho con su ingesta de leche, a veces –muchas- sin que sepamos porqué, mantenemos con nuestra compañera reuniones clandestinas en la cocina o cualquier otro lugar estratégico de la casa donde podamos pergeñar nuevas acciones contra el niño que apunten a que podamos recuperar la hegemonía perdida, eso sí, sin despertar su furia, y sobre todo, donde podamos oír cualquier ruido extraño que provenga de él y que pueda ser señal de que algo malo le pueda estar sucediendo. Toda la escena es paradójica y resume un poco eso que se puede definir como el amor de los padres: el niño es el enemigo, pero nosotros estamos para cuidarlo. En esas reuniones, definimos nuevos planes de acción, basados –es duro confesarlo- en el ensayo y el error. Nos decimos que las cosas no pueden seguir así, aunque hayan pasado nada más que diez días desde que nació, y nos angustiemos que por lo menos nos quedan por delante algo así como siete u ocho años para que ese bebé se transforme en alguien que medianamente esté dentro de la cultura. Es decir, alguien con quien interactuar pudiendo esperar algo a cambio después de un diálogo racional.

jueves, abril 09, 2009

Para no ser menos

igual que en los EE.UU, tan queridos a los pudientes habitantes de la zona norte de nuestro GBA, nos decidimos a construir, levantar, un muro. Porque el de Berlín estaba bien que cayera, finalmente eran unos comunistas de mierda; pero el nuestro, como el de EE.UU, en la ciudad de San Andrés, nos separa de los grones: acá de los villeros, negros de mierda; y allá, en el sur de la costa Oeste del gran país del norte, de los mexicanos, que en definitiva, son villeros, negros de mierda. En verdad tienen esa cosa de indígenas que también tienen los villeros nuestros. Hasta los antropólogos señalan, que contrariamente a lo que sostenía el mito de la generación del ochenta de que en la Argentina no había indios, ahora, resulta, dicen los que saben, que cada vez hay más. Y sí, los vemos todos los días, son indios, no sólo los que venden limones en las esquinas; los que fabrican remeras con marcan truchas -nike, adidas, etc.- también: peruanos, paraguayos, bolivianos, meros indígenas, que la avanzada civilizatoria no pudo domesticar ni blanquear. De modo, que volviendo al comienzo, qué menos que levantar una pared para dejar las cosas claras y no mezclar el ganado, como se dice. Que se queden de su lado con su villa y sus costumbres y de este lado, nosotros limpitos oliendo a perfume francés.

martes, marzo 31, 2009

Punto Final

Raúl Ricardo Alfonsín

Hoy, unos chicos en la calle aspiraban pegamento. Pensé "pensar que ni saben que se murió Alfonsín". Después pensé "Alfonsín sabrá que estos chicos se mueren todos los días en las calles": ¿cuáles son las deudas de la democracia?

viernes, marzo 13, 2009

A matar se ha dicho


¿Cómo la ven para ministra de SSeguridad?

La familia Gimenez es experta en criminología. A los dichos de Susana ahora se sumó su hermano, que es músico, para recomendar como política contra el delito, la distribución gratuita de Paco para matarlos de una vez -no dijo a esos negros de mierda- y que no jodan más. La revista Barcelona, en su nota de tapa, exhibe a otros expertos en materia de inseguridad. Ahí están Cacho Castaña, Spinetta ¿? además de la blonda diva Su Gimenez. La relación tácita que hacen es que la inseguridad es cosa de los pobres que por su parte son los únicos consumidores de Paco, esto último, por demás falso. Las lecturas de clase no sólo abundan entre los militantes de izquierda, también nuestros héroes de la TV y el espectáculo hacen sus lecturas marcadas por concepciones de clase. Por su parte, Viviana Canosa dijo que las declaraciones del hermano de Su eran "duras"; claro, no dijo que eran las declaraciones de un hijo de puta. Pero bueno, es lo que hay: se viene el derechazo. Junto con la llegada del otoño, se acaba la primaverita kirchnerista.

lunes, marzo 09, 2009


PUDIMOS

lunes, marzo 02, 2009

Las aventuras de Amo y Cerdito

¿Qué es un editor? Un editor es un cerdito oink oink, que come el estiercol que deja su amo, el publisher, quien siempre hace ¡¡¡rrrrrr!!! Amo y Cerdito a veces viajan juntos. Amo lleva a Cerdito a Frankfurt y Cerdito se pone contento porque puede hablar en inglés. Cerdito, es un intelectual, aunque siempre esté sucio. Cerdito saca fotos por las calles de Frankfurt y Amo está contento porque Cerdito le armó negocitos, negocios que después acaso fracasen, eso no importa.

Continuará...
El negocio de la diversidad

(apunte inconcluso sobre este inmundo mundo de los publishers y sus cerditos editores)

Luego de la crisis de 2001, muchos editores vieron la posibilidad de desarrollar proyectos al abrigo de la diferencia cambiaria. Surgieron así, muchas ediciones que reemplazaban a las por entonces costosas ediciones españolas. Libros clásicos, en dominio público, volvían a encontrar en ediciones nacionales a sus posibles lectores y esto era, por otra parte, una legítima forma de construir un catálogo que permitía hacer un mix entre títulos consagrados de venta lenta pero segura con novedades de más riesgosa salida.

Pasaron algunos años y las editoriales extranjeras se reacomodaron en el mercado a través de un proyecto de concentración de sellos en pocas manos. Estos grupos editoriales apostaron a producir grandes cantidades de títulos –entre novedades y reimpresiones- de modo de cooptar la mayor parte de los espacios de venta y exhibición. Los pequeños editores, por su parte, quedaron librados a los intersticios que las “grandes” editoriales dejaban descubiertos. Lo mismo ocurrió con los catálogos. Los editores pequeños entendieron que debían generan nuevas apuestas para competir en un sector del mercado desatendido por los grupos editoriales, de modo que se dedicaron a explorar autores, títulos y temáticas.

En este contexto, preocupados por las problemáticas actuales del mundo del libro, aparecieron organizaciones de editores –en España, Argentina, entre otros países- que se agruparon para definir una posición identitaria –la del “editor independiente”- desde la cual señalar las vicisitudes de la actualidad del mundo del libro.

Estas agrupaciones de editores trabajan bajo dos ejes: por un lado, se preocupan por definir el rol independiente del editor; por otro, elaborar un concepto llamado “bibiodiversidad”, para denunciar en qué medida la oferta plural de títulos se ve afectada cuando domina la escena la lógica mercado.

Marcar la diferencia entre el editor independiente y la edición concebida desde un gran grupo editorial significa distinguir, entonces, las lógicas de producción, comercialización y hasta de concepción de un proyecto de catálogo. Se trata de explicitar que el editor independiente se mueve por principios ligados más al desarrollo cultural y la responsabilidad del editor como actor cultural, que a las urgencias de los objetivos financieros o a los designios de los planes de marketing.

La bibliodiversidad, por su parte requiere de políticas de apoyo estatal vía subsidios o planes de promoción de los pequeños editores, que compensen la desigual presencia en el mercado frente a los grupos editoriales que a menudo dominan la escena en los puntos de ventas.


Mejor que decir es interpretar

Lo de Carrió superó a lo de Susi. Con los últimos cartuchos que le quedan para tratar de ganar adeptos a su delirante curso político, la vaca rubia, salió a defender a la otra vaca rubia, diciendo con ese tono cansado que cultivó en el tiempo reciente, propio de Sulma Faiad, que lo que quizo de decir Susana Gimenez, no fue lo que dijo, lo que todos oímos, sino otra cosa, cosa que sólo ella, lectora de oráculos, supo leer.

miércoles, febrero 18, 2009

Gestión cultural

Tuve la oportunidad de ir a ver una obra de teatro en la Ciudad Puaj Cultural Konex. Le dije a mi pareja "para mí gestión cultural es que este lugar vuelva a ser una fábrica". Le recordé la anécdota de un famoso director de teatro que tuve de profesor en una diplomatura, precisamente, en Gestión Cultural. Este profesor nos contó que una vez hubo una intrevención artística en Konex que se trataba de restos de materiales de construcción disperdigados por el suelo. En otra parte de la ciudad Konex, unos obreros -de verdad- realizaban refacciones. El problema ocurrió cuando varias veces los obreros limpiaron la obra después de una jornada de trabajo y hubo que explicarles que esos escombros eran arte y que los escombros que ellos producían, no. Moraleja para aquel artista dijo el profesor: sin fricción no hay efecto artístico. De lo que se desprenden dos conclusiones: una, Brecht ya lo sabía; dos, el arte siempre es efecto, procedimiento.

jueves, febrero 12, 2009


Con nuestros puños en alto, seguimos publicando a pesar de la crisis internacional.
Nuevo lanzamiento de LADOSUR EDICIONES

LADOSUR EDICIONES / FICHA DE NOVEDAD ENERO DE 2009

TITULO: TRES OBRAS PARA DESESPERAR. MATRIMONIO. POBRE CRISTO. DOS CIRUJAS
AUTOR: DANIEL GUEBEL
GENERO: TEATRO
COLECCIÓN: PEQUEÑO SALTAMONTES
PRECIO PVP: $ 28.00
ISBN: 978‐987‐20402‐9‐1


RESEÑA

En Tres obras para desesperar los parlamentos se lanzan con ferocidad. El
otro siempre es un blanco para herir con la violencia del sentido y la
voz es un acto que arrasa con todo. Nadie es dueño de sus palabras.
Vanguardia y realismo, abollados en un cesto para papeles viejos.
Matrimonio, cuando el discurso del amor se parece a caminar en una cinta
sinfín.
Pobre Cristo, la salvación, a veces, es un trámite mal hecho o
inconcluso.
Dos cirujas se confiesan amores y fantasías, en un espacio impreciso
entre la cultura y la barbarie. La amistad se vuelve un objeto que nadie
quiere tener entre las manos.
Cada una de estas obras clava sus colmillos en la materia del tiempo,
pero juntas componen un libro que no es una trilogía sino tres golpes
certeros en un estado de ánimo.

jueves, enero 01, 2009

espectaculos

Miércoles, 31 de Diciembre de 2008 / Página 12

LITERATURA › LA INTERRUPCION DE UNA LINEA DE SUBSIDIOS PARA EDITORIALES

La última cruzada contra los libros

Los sellos independientes reclaman por la eliminación de un programa del gobierno porteño que estimulaba mayor riesgo creativo e intelectual que el de los títulos comerciales. “Ayudaba a crear nuevos nichos de mercado”, explican.

Por Silvina Friera

El año no termina con buenas noticias para los editores independientes. Hay malestar, preocupación y una indignación, contenida con vanas promesas, que ahora estalló. En una carta pública, la asociación de Editores Independientes de la Argentina por la Diversidad Bibliográfica (Edinar) rechaza la eliminación por parte del gobierno de la ciudad de los subsidios al sector editorial que se venían otorgando en los últimos años a través de la Dirección General de Industrias Culturales, hoy convertida en Dirección General de Industrias Creativas, a cargo de Alejandra Ungaro. “Además de otras políticas públicas culturales, los programas de subsidios a la edición fueron las que mejores resultados tuvieron. Con un aporte económico estatal muy moderado (se cubría del 50 al 70 por ciento de los proyectos con un tope de 30.000 pesos por proyecto), se lograron excelentes resultados, fundamentalmente porque estimularon apuestas con mayor riesgo creativo e intelectual que las que cuentan con la garantía de la comercialización regular –explica la entidad–. Esto ayudó a que se crearan nuevos nichos de mercado antes inexplorados, que se lanzaran nuevos autores argentinos, que se introdujeran en el país a través de compra de derechos y traducciones valiosas obras extranjeras, que los libros argentinos encontraran nuevos mercados en el mundo a través de los viajes de los editores a las ferias internacionales.”

Edgardo Russo, de la editorial El Cuenco de Plata, advierte que la eliminación de los subsidios es “sin duda grave” y por lo demás “discriminatoria” en cuanto al campo editorial, “ya que otras industrias culturales, como las dedicadas a medios audiovisuales y discográficas, aparentemente siguen obteniéndolos”. El plan de subsidios a las industrias culturales, que había sido formalmente aprobado por la Legislatura porteña en el año 2003 –recuerda Ru-sso a Página/12– fue manejado “con absoluta transparencia por las gestiones anteriores y permitió la realización de proyectos que sin contar con dicha ayuda hubiesen sido imposibles o cuanto menos arduos o dificultosos de emprender”. Russo aclara que “los subsidios nunca fueron entregados a dedo, sino que había que concursar y presentar proyectos detallados y fundados”. Constanza Brunet advierte que para una editorial pequeña como Marea, que publica un promedio de diez títulos al año, tener la posibilidad de una ayuda económica para sacar dos o tres títulos más al año representa un porcentaje muy grande de la producción. “En una editorial de estas dimensiones y con objetivos culturales, no hay acumulación de capital, por lo tanto, son difíciles también los proyectos que impliquen una inversión extra como viajes a ferias en el exterior, compra de derechos para traducción, pago de anticipo de derechos de autor, proyectos de asociación con otros editores pequeños. Todo eso financiaba las distintas líneas del subsidio –subraya Brunet–. Durante el 2008 nuestro objetivo era anotarnos en la línea de participación de ferias en el exterior y conseguir ayuda para viajar a la feria de Frankfurt, que es muy costosa. Nuestra idea era aprovechar la perspectiva de Frankfurt 2010 y estar presente dos años antes, que es el tiempo con el que los editores alemanes y de otros países compran derechos para traducción.”

Gracias a los subsidios que recibió El Cuenco de Plata, que ha ganado alternativamente, durante los cuatro años de la gestión anterior, los subsidios a la producción y a la traducción (el reglamento establecía que una editorial no podía presentarse dos años consecutivos en la misma categoría), la editorial pudo llevar adelante proyectos como El libertino erudito, una colección de clásicos raros de la filosofía, con traducciones cuidadosamente anotadas y prologadas por especialistas de textos filosóficos heterodoxos prácticamente inhallables en lengua española. Los siete títulos publicados han sido beneficiados por los subsidios. El primero fue Carta sobre los ciegos para uso de los que ven, de Diderot, traducido por Silvio Mattoni, y el último Los maravillosos secretos de la naturaleza, de Giulio Cesare Vanini, traducido por Fernando Bohr. “A causa de la interrupción de los subsidios, la colección se encuentra suspendida –admite Russo–, si bien estaban proyectados importantes títulos de David Hume, John Locke, Voltaire y Hobbes, entre otros.” La amargura aumenta cuando Russo enumera otros libros que publicó gracias a esos subsidios, como obras de la nueva narrativa argentina, El novio, de Enrique Butti, o Una puta mierda, de Patricio Pron, autor que posteriormente fue distinguido con el importante premio Jaen de Novela 2008, en España. “Hay una obra cuya traducción hubiese sido impensable sin los subsidios: Destinos personales. La era de la colonización de las conciencias, de Remo Bodei, para cuya contratación medió personalmente el autor con el sello Feltrinelli.”

A través de los subsidios que recibió Marea, la editorial publicó uno de sus caballitos de batalla, De Ernesto al Che, de Calica Ferrer, en inglés, con una tirada de 2000 ejemplares. Además de la venta en Argentina, fundamentalmente a turistas, los derechos del libro se vendieron a once países. “Del mismo título también publicamos una edición de bolsillo y abrimos una nueva colección, lo que abrió un nuevo mercado para Marea, el de los libros pocket más económicos –precisa Brunet–. Ambos proyectos, por lo costoso de la traducción al inglés y por lo arriesgado para una editorial chica de diversificar el mercado, no los hubiéramos hecho sin el apoyo de los subsidios. También obtuvimos ayuda para pagar anticipos de derechos de autor, que en el caso de Marea son importantes ya que la mayor parte de los libros implican un largo tiempo de investigación periodística.” Para muestra, basta un par de títulos: De vuelta a casa. Historias de hijos y nietos restituidos, de Analía Argento; Crónicas desde la frontera, de Cristina Civale y Daños colaterales. Papeleras, contaminación y resistencia en el río Uruguay, de Verónica Toller, que se publica en enero.

Ediciones de la Flor, Entropía, Ediciones del Dock, Corregidor, Bajo la Luna, Beatriz Viterbo, Mansalva, Editorial Biblos, Paradiso, Prometeo, Leviatán, Letranómada, Vox, Tantalia, Siesta, La Crujía y La Marca editora, entre otras que integran Edinar, plantean en la carta que la campaña eleccionaria de Macri se basó en la premisa de la transparencia de los gastos, las compras y el uso de los recursos estatales. “¿A qué se destinaron entonces los fondos que ya habían sido asignados en el presupuesto 2008 al FondoBA?”, se preguntan los editores. “Obviamente no recibimos la menor explicación al respecto”, responde Russo. Brunet agrega que durante todo el año los miembros de la Edinar tuvieron contactos informales con funcionarios de la Dirección General de Industrias Creativas, a cargo de Alejandra Ungaro. “Siempre nos aseguraron que los subsidios continuarían. En el mes de septiembre, cuando ya era evidente que los subsidios no llegaban, enviamos una carta formal a Ungaro y le pedimos una reunión. La reunión nunca nos la dio y nos respondió con otra carta. Allí, por una parte justifica la decisión de derivar fondos para otras áreas (habla de enfocarse en la venta y no en la producción).”

Sebastián Nojovich, coordinador del programa Opción Libros, dice a Página/12 que el subsidio no se eliminó sino que se reformuló. “Desde principio de año y con las restricciones presupuestarias que hubo, decidimos hacer una evaluación de los subsidios destinados en su mayoría a la producción de libros. El desafío para las editoriales independientes es ganar visibilidad y tener un valor claro frente a los lectores. A las editoriales les resulta difícil llegar a las librerías y en ese marco, resulta fundamental trabajar sobre la creación de valor de estos sellos”, señala Nojovich. ¿Y los 120 mil pesos que ya habían sido asignados en el presupuesto 2008 al FondoBA? “La plata que no se gasta del Presupuesto se pierde”, responde Nojovich, que aún no sabe cuál será el monto de los “nuevos” subsidios ni cuándo se implementarán.