domingo, septiembre 17, 2006

La Razia

La Razia


La barba longa y cana de Carlos Marx le parecía una de las cosas más hermosas que había visto en toda su vida. Sí, eso, esa imagen casi de un santo zurdo y unas pocas ideas que se habían pegado en su cabeza después de leer algunos textos del filósofo, lo decidieron.
Nunca había tenido en sus manos un fierro. En verdad, en su infancia había sopesado a escondidas un viejo 38 que su padre había trocado por una guitarra a un sargento del 7 de Infantería de La Plata en la década del cuarenta. Exacto, salvo por eso, nunca había tenido en sus manos un revolver. No era un marginal acostumbrado desde chico a la violencia de una hogar plebeyo. Sin embargo, sentía que su hora había llegado y más allá de lo que había vivido, ahora tenía que hacerse cargo de lo que sentía. “Un fierro es un fierro” se repitió varias veces sin saber por qué. En fin, un fierro era algo después de lo cual, no iba a ser fácil volver atrás. Dicho de otra manera, era muy probable que no pudiera volver. Como aquellos que por cualquier motivo, ideales, por mera desesperación, o simplemente porque la vida los llevó, de pronto, entran en la clandestinidad. Y sí, la clandestinidad es un camino de difícil retorno. Muy pocos son los pueden regresar para incorporarse a la sociedad común. En su caso, él tenía claro que no iba a ser fácil volver y lo peor iba a ser lo que podía encontrar después de transitar ese camino. Si todo terminaba mal, cosa más que probable, la cárcel era el destino seguro y él sabía con claridad que era preferible la muerte a caer en prisión, por todo lo que cualquiera sabe.
Sentía lo que se llama conciencia de clase. Él no era un filósofo como para tener grandes ideas. Lo suyo era algo más bien de pocas vueltas, un par de reflexiones y ya. Claro, eso era más de lo que puede producir cualquier hijo de vecino, pero no lo suficiente como para dar cátedra de nada, mucho menos como para tomar decisiones trascendentes, sin embargo era lo único que tenía como para diseñar un cambio de vida. Mañana, hoy, después de entrar a su trabajo se iba a cargar a su jefe simplemente porque ya lo tenía cansado.
Mientras desayunaba, el fierro se lucía sólido y mudo cerca de las tostadas, justo enfrente de la taza de café con leche. “¿La muerte acaso no es siempre nuestra compañera? A morir y matar” se le cruzó por su cabeza “qué frase estúpida” también se le cruzó por la cabeza. Muchas cosas se le cruzaban por la cabeza. El poster de Marx que veía en la librería donde solía perder un poco el tiempo cuando salía a hacer trámites para el trabajo. Lo más lindo de todo era su fierro. Para él era como un objeto bello en sí, lo más cercano a un objeto de la vanguardia. Algo que definitivamente fue pensado para seducir a la humanidad. La belleza que mata. Finalmente, un objeto de amor. Acariciarlo todos los días a la mañana, mientras desayunaba, lo tranquilizaba. Lo colocaba en su centro y eso lo relajaba para encarar las actividades del día. En el fondo de su mente sentía como una promesa de alivio, quizá algún día las cosas cambiarían. Cambiarían gracias a ese fierro que por ahora era sólo compañero en sus ensoñaciones a la hora del desayuno, pero que sabía que tarde o temprano podría llegar a transformarse en director de cada uno de sus movimientos. Sí, el revolver lo dirigiría a él, contrariamente a lo que se aconseja. A decir verdad, nada más cerca de la realidad.
¿Y qué se supone que hizo?
No hizo nada o iba a hacer todo. Levantó la mesa del desayuno, ordenó todo cerca de la pileta de la cocina, donde dejó los platos que limpiaría a la noche, al regreso del trabajo, guardó el revolver en su pequeño bolso de mano, se puso el saco, dio una última mirada alrededor de la cocina y salió del departamento. Como cualquier otro oficinista caminó rumbo a la estación del subterráneo. Llevaba su revolver como una presencia insospechada. Nunca había notado su verdadero peso, ese que se acrecentaba en las cuadras previas al subterráneo y que en el trayecto hacia la oficina se dejaba sentir como un peso muerto pero latente al mismo tiempo. Los otros cuerpos que lo rozaban con el vaivén del vagón no podían imaginar la presencia de ese cuerpo de metal dentro de ese bolso, un bolso como cualquier otro. Lo que siempre lo igualaba al resto de sus compañeros de viaje, su ropa, su trabajo, su horario, por qué no, su trayecto, hoy lo diferenciaba. Claro está que sólo él apreciaba esa diferencia. Nadie lo hubiera notado. Tanta gente apretada, tanta gente parecida. Sin embargo, secretamente, él se sentía diferente.
El viaje llegó a su termino. El caudal de personas salió de los pasillos del subterráneo como si fuera un chorro de agua que surge de golpe en la superficie, proveniente de napas profundas. Ese río humano, era gracioso, aunque para él era la imagen viva del tedio.
Se trataba de subir a la oficina. Para eso tomaba el ascensor del medio, era el único que se detenía en su piso y además, el único que era manejado por un ascensorista. Los otros dos, además de dejarlo un piso arriba o uno abajo, eran automáticos, traídos un año atrás de Japón, como gesto inequívoco de que la empresa progresaba y por eso invertía en esa clase de servicios. Después de recibir el saludo cotidiano del ascensorista y de responderle casi en silencio, se escuchó una serie de números que cada uno de los ingresantes decía sin dudar. Notó que todos esos números formaban una cifra. Un número que seguramente cambiaría con cada viaje, a cada momento, cada día. Concluyó que cualquiera que se tomara el trabajo de analizar esa cifra mutante, llegaría a la misma conclusión que él: Esa cifra no significaba nada.
Se abrió la puerta de metal y salió junto con otros que tomaron distintos caminos hacia distintos puestos de trabajo. Tenía tiempo y antes de empezar pasó por la cocina a servirse un café que llevaría a su escritorio minutos después. En ese trayecto vio por encima de los biombos que separan cada sector, cómo su jefe hablaba con una compañera de trabajo. A pesar de reparar en esa imagen, nada le importó menos.
Con el café sobre su escritorio, comenzó sus actividades cotidianas. Pasaron algunas horas de intercambios habituales. Todo estaba tan bien que por qué algo debería cambiarlo. Es difícil negar que mientras trabajaba no estaba imaginando el momento en que sacaría el revolver sin dudar, sí, con algo de frialdad, y descargaría con ganas los seis tiros del tambor. Es cierto, no hay por qué negarlo. Se lo imaginaba y en algún punto eso le aceleraba el ritmo cardíaco. “¿El baño sería mejor?”, se preguntaba con justa razón. No está de más que decir que no era un pensamiento especulativo. No pensaba en eso para poder sacar algún tipo de rédito extra. Quizá pensaba en eso porque visualizar la imagen del baño blanco interrumpida por el rojo intenso de la sangre no dejaba de imponerse en su imaginación como algo atractivo: (su jefe inclinado lavándose las manos, luego de golpe, algo sorprendido mirándolo por el espejo, viéndolo con un revolver en la mano y él viendo todo esto, obviamente, y viendo –esto ya no lo podría ver su jefe- como el chorro de sangre y sesos estallaba contra el espejo y la cerámica blanca del baño)

II

Siempre quise vivir en Hamburgo. Sus canales, el sórdido metal ahumado de sus clubes nocturnos. Sus noches, sus mujeres. Su lluvia batida por los vientos del estuario. La noche en que te conocí, las cinco cervezas que tomé sin darme cuenta. Esos marineros acodados al final de la barra. El grupo de turistas tristes sentados junto a una de las ventanas. Ese ancla gastado colgado arriba de la puerta del baño de hombres. Hamburgo: los volkswagen color verde, las niñas con faldas escocesas, las ancianas comprando embutidos en el mercado callejero y por sobre tu mirada inocente, deslumbrada por la idiotez del mundo, derrochando maquillaje de vedette barata. Cómo finalmente no te iba a matar para hacer de todo esto algo mejor que una canción de amor. Hamburgo, siempre quise vivir en Hamburgo, volver a escuchar a los Beatles como en los primeros años de los sesenta, cuando eran algo más que adolescentes y querían tocan la guitarra. Hamburgo, la Venecia del Norte, la de los mil canales, la del verdadero amor, la ciudad olvidada por los poetas, la de las calles húmedas de verdín, la que siempre me fue ajena como una belleza furiosa e inaccesible. Hamburgo triste y alegre, dicen que tu horizonte es el mundo, bonita idea. Por eso, con el mundo como testigo, cómo no iba despedirme de vos diciéndote para siempre, adios. Unos jubilados juegan a los dados en tus jardines, los más verdes de Europa, mientras las pantallas del mundo se llenan de Internet para dejarnos ciegos o extasiados, en el preciso instante en que un millonario aprieta el acelerador de su Mercedes para alejarse de su custodia. En tus ojos de diosa platinada veo todo el esplendor de Alemania. Mi mente vuela libre y ve en el cielo la estampa del Führer. Dios existe, lo siento en mi corazón y ahora que todos jugamos a ser dios, mejor que nunca comprendo su muerte. Dios existe muerto y eso nos vuelve mejores.
Pero qué importa esto si mientras estamos soñando en los alrededores del puerto se vende el pescado fresco, recién capturado por esos marinos más viejos que la edad media. Qué importa lo nuestro cuando en las calles se huele el café recién molido y los deportistas hacen sus rutinas al aire libre. Nosotros caminamos, nos besamos incontablemente. Cada recodo, cada puente, forzaba sin quererlo, la excusa para el amor. Los ojos se nos llenaban de lágrimas. Siempre quise vivir en Hamburgo.

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