miércoles, marzo 16, 2011

El ombligo del mundo

amigos lectores, la nota de Sarlo sobre la muerte de Viñas, publicada en el diario La Nación, justo ahí, es una gran voltereta para perdonarse a sí misma todas y cada una de sus soberbias, todos y cada uno de sus errores, políticos o no, y nada, pero nada, para rendir un saludo final a quien fuera su colega. Ni siquiera frente a la muerte puede dejar de ser ella misma.

jueves, marzo 10, 2011

Olvidar, nunca. Un homenaje

Lo que justifica la entrada del video de Diego Frenkel, más allá de que la canción tiene una buena factura y cumple con todos los requisitos que la vuelven un ejemplo exitoso de la balada rock, es la intención de rendir un homenaje al productor artístico y arreglador -al menos de este tema- nuestro amigo Fernando Taverna.

Detrás o más bien delante de esas cuerdas sintéticas que presentan el tema está viva toda una escuela de arreglo sonoro muy british, pensamos en Lanois, Eno, etc. Taverna siempre fue ese hombre blanco europeo, londinense para ser más preciso. Al margen de sus intentonas negras -su amor por la obra de Wonder- lo que late todo el tiempo es la impronta estética de los 80 y algunas pinceladas póstumas del punk.

Sus arreglos intervienen en esta balada como una fuerza incontrolable, con la persistencia de la humedad en una pared. La estética de Taverna hace de la corrosión un telón de fondo que pugna todo el tiempo por tensar las cuerdas contra la línea principal de la melodía. Taverna pertenece a esa generación de músicos que se criaron amando los fades como ex maquinas de una canción y esto es de los más lícito cuando como este caso es usado con éxito.

Frenkel Olvidame.wmv

domingo, febrero 27, 2011

domingo, febrero 20, 2011

Amistades peligrosas

En respuesta a la idea que nos deja la lectora Nilda sobre la entrada anterior: diría que en la política de la amistad acaso exista cierto carácter transitivo razón por la cual el calificativo de "mierda" también me salpica a mí. Claro, cuando a uno lo salpica la mierda, luego huele mal, pero la vida es así. Al respecto agrego, que este blog se destaca por su extrema libertad para la expresión y por bancarse la palabras de cada uno. Esto no es fácil, lo resalto, pero lo intentamos. Por último, la amistad y su política: debo confesar que yo también soy una mierda en muchísimos sentidos. En mi casa tengo espejos y los uso. Finalle: la idea de mi nota no era marcar lo mierda o no de cada uno. Yo pensaba más bien en una crítica hacia algo de la materialidad, no sé. Quiero decir: nuestras relaciones también nos problematizan a nosotros mismos. Además no nos olvidemos de Fiat y de las estrategias de las empresas en estas partes del mundo.

En Europa no se consigue


Un amigo italiano que se jacta de sus búsquedas espirituales me dijo durante una visita la ciudad de este blog al ver un Fiat Palio Adventure: "qué berreta que es ese caño que le ponen al costado para que parezca una camioneta cuando en realidad es un coche de mierda" y agregó "que en Italia ese modelo no existe" y sumó "que los italianos ni en pedo se compran un coche hecho en Brasil", remató que ni bien se enteran -los italianos- que el coche no es italiano -se refería a un Fiat- lo dejan de lado.

Quedaba clara la patadita para nuestra patria al marcar la diferencia de calidad entre los productos producidos en cada país, más la exquisita actitud de los italianos a la hora de elegir sus consumos. Pero me quedé pensando que no es nuestro problema la segmentación que hace una marca como Fiat, multinacional, para poner productos de "segunda" casi con palabras de mi amigo en nuestro mercado. Es obvio que los diseños que no califican para el mercado europeo y sus normas de calidad, bien puede ser colocado en estos lares.

Después queda ver qué pasa y adonde van a parar las pretensiones espirituales de mi amigo cuando repara en esos detalles de carrocería. Muchas veces pensamos que los problemas de la vida son de otra índole cuando en realidad son económicos. La espiritualidad tiene un equivalente en dinero: cualquier cura o psicoanalista lo sabe. También lo sabe mi amigo al cuidar su alma de los malos detalles de carrocería.

Pero el problema, mis amigos, sigue siendo qué le dejamos deshacer a Fiat en nuestro país, por citar una de estas empresas automotrices.

Elegías romanas (versión caradura de una obra de Goethe)

Elegías romanas porque todas las negras camboyanas nacidas en campos para refugiados te cansaban con su aliento a cebollas hervidas. De las hijas de cónsules perversos que suelen concurrir a las reuniones de la embajada, hubieras escogido a las altas y rubias, pero a la hora de decidir volvías a tu vieja preferencia, las chicas de la Piazza Spagna. De las torpes indonésicas budistas, con sus vientres cansados y febriles o las bucólicas geishas que atentas sirven el té en salones de papel de arroz, considerabas superiores a tus romanas. Cuando una teutona te hablaba de filosofía o una francesa te hacía sentir su perfume; cuando una española te bailaba una jota o una gitana te leía las manos; cuando una carioca te susurraba al oído o una inglesa de sonreía tristemente, te quedabas mudo y con la mirada perdida te decidías como siempre por tus muchachas. A todas las bañistas húngaras considerabas elementales y, parejamente, a las nórdicas tildabas de superficiales; con cada una de las esposas de un sultán soñaste dormir o comer uvas, pero a la vuelta de esos divagues sabías que en Roma estaba tu destino. Volvías a elegir romanas cuando una portuguesa te recitaba poemas o cuando una traductora rusa te prestaba ayuda en el aeropuerto de Moscú. Por otros lugares paseaste tus inquietudes: te hartaste de las americanas de Bostón, te aburrió la tonada de las panameñas y te resultó poco estimulante la actitud de las paraguayas. Las porteñas te cayeron demasiado cursis y las australianas, por demás ingenuas. Al final del trajín, tu elección caía por su propio peso. Te sentabas a la mesa de un bar de la strada Rivoli y pedías un expresso mientras veías a tus chicas cruzar la calle, comprar flores o encender cigarrillos.

domingo, enero 30, 2011

miércoles, diciembre 22, 2010

La patria gramsciana olvida a sus patriotas


Lo que piensa la mayoría de la gente -esa palabra que suele usar Clarín para titular a la sociedad- lo que siente bien profundo es que la culpa de nuestros males radica en los políticos y la política en general, en los inmigrantes -nunca si vienen de Dinamarca-, los villeros y los "negros", por ser breve.

La gente piensa que a los "okupas" hay que echarlos, nadie sabe adónde. Es más, si pudieran hacer un genocidio higiénico, lo harían.

Entonces, por qué no reconcer a estos próceres que hicieron el trabajo sucio de la sociedad civil que resultó ganadora del modelo de los últimos 30 años.

Videla, no te olvidamos y te reconocemos.
Shhh!

Leímos El Silencio, de Luis Gruss.

De manera inversa a lo que una mente estrecha como la mía podría pensar, un elogio no es sinónimo de recomendación. Es por eso que El silencio, el reciente libro de Luis Gruss, publicado por Capital Intelectual, no es una invitación, al menos en su forma narrativa, al recato ni a la vida monacal.

Todo lo contrario, lejos de las formas que hacen del vacío su todo o que se presentan desnudas como un patio zen, El silencio, es un libro frondoso, un libro citadino y céntrico. Un libro donde la idea de silencio no pasa por invocar la ausencia de ruido sino por definir al silencio como aquello que no se escucha en medio del bullicio.

Un texto diseñado para aquellos que quieren recoger pequeñas flores en plena selva. Es, sin dudas, un artefacto para psicoanalistas o detectives, un libro para aquellos que entre tantos rostros iguales pueden descubrir uno peculiar.

Pero retomando, a pesar de llamarse El silencio, sus páginas son recorridas por infinidad de voces, citas, reflexiones, es, paradójicamente, un silencio coral.

Sus tiempos parecen los de la tertulia, otra imagen contrastante al silencio. Los nombres propios que abonan cada una de las posturas que se esgrimen a cada momento provienen desde distintos tiempos y distintas geografías. Diversas culturas en una charla atemporal invocadas para hablar de lo que hay que callar o de lo que significa callar.

Este cuadro sin tiempo, este óleo metafísico, lo vuelve un pastiche rockero que tiene o busca la emoción con la lógica de una canción. El silencio es una canción de cuna; se escribió para ser leído con poca luz, en medio de la gente, cuando todos están hablando.

lunes, noviembre 15, 2010

Acabo de terminar Requena, de Alejandro García Schenetzer, un texto publicado en 2007 por Editorial Entropía, que imagino se conseguirá en las librerías de Buenos Aires.

Siento más tu muerte que mi vida

Ahora mis palabras: Le toca a la crítica eso de ser un segundo lenguaje que no viene a mitigar los desvelos de aquellos que buscan un sentido, con comillas, quiero creer, o varios sentidos, sino a proponerlo. De un modo más evidente que esto, la producción de la crítica, aparece en la vida, por obra y gracia de la imaginación, el virtuosismo petulante y la vanidad, ese género que vive en las muertes, que es postrero por naturaleza, que crece en los velorios como un hongo, cuando los autores –que siempre están muertos, diría un filósofo-, se mueren, vale decir, entregan sus palabras a los demás, muy a pesar de aquello que decía que un autor es el primer lector de su propio texto. La nota al pie de cualquier trabajo crítico –aunque nadie quiera vincular al sujeto empírico con su producto- podría escribirse de la siguiente manera y ser pronunciada con vos de estudiante gay “¿vieron que inteligente que soy?”. Entonces, proliferan todos esos textos ingeniosos que buscan sacar palomas por arte de magia, haciendo gala del arte indiscriminado de la cita e inundando suplementos culturales, que son algo así como las cloacas de la ciudad culta. Dicho, porqué escribir algo sobre algo que ya escribió sobre otra cosa, en nuestro caso Requena. La respuesta es: por cortesía. Debo una respuesta a su autor, quien tuvo la mala conducta de haber leído un trabajo mío, con perdón de los Trabajadores del mundo que nunca se unieron.

Requena es una interpretación, un arreglo musical, una partitura sobre una obra ya escrita. Esto no debe leerse como un ataque a la originalidad. Más bien lo contrario, es una revisita, una relectura. En estos tiempos nos queda el arte de la Conquista, nada más: construir un templo, con una nueva religión donde supo habitar otro, con otros dioses y otros rituales. Nuestro arte, por eso es bestial y emancipador. Viene en nombre de las buenas cosas a destruir las que otros consideraban, a su vez, del mismo modo y con igual derecho, buenas y justas. Volviendo. Como pieza musical viene a componer un réquiem de cámara, fragmentario. Quiere sumarse a un canon de obras elegiáticas, aquellas que buscan robarle algo a la muerte, como en la música se hace un impasse para robar un tiempo a la consecutio de las notas, así el final de este libro: “Como una hora esperamos en silencio tras la puerta... Hicimos callar a los vecinos para escuchar. Transcribo lo que llegamos a entender...” Así finaliza Requena cuando el nombre propio, se lleva desde su lecho de muerte, la experiencia de un sacerdote anarquista al más allá. Sus deudos, jóvenes para nada pervertidos por este socrático porteño, empiezan a escribir lo que llegan a entender. La crítica, mi tan odiada escritura, en su mejor versión, no en la de los profesores de Letras ni la de los críticos literarios, da su mejor zarpazo cuando asume su rol de carancho y se viste de negro. Rondar, que es como escribir, las palabras ajenas, así como en los cementerios se busca profanar tumbas. Salvo que en la escritura no hay tumbas ni nada sagrado y la profanación es sólo una metáfora que como tal es ideología pura. Acaso se trata de revolver los restos. Y en Requena, eso aparece desde el mismo arranque. “Restos”, una partitura de pedazos, una obra puntillista que suena y sueña ajada como una reliquia vanguardista. Aquél barón impune, amado por jóvenes palermitanos –no había ni una mujer en su séquito-, salvo aquellas que se enamoraban de su fama y acaso perpetraba fuera de los alcances de su dominio, para tener consigo la salvedad de no ser un cogedor -Requena es puro- se lleva con él la estafa de una sabiduría portátil, de un random de respuestas, de una credulidad. Requena, es la canción de la pérdida. Un poema beatnick decía “este niño está aprendiendo la epistemología de la pérdida”, en alusión a la tristeza de un niño cuando pierde su pelota. Lo mismo. Requena es una pregunta, también. ¿Qué se perdió? ¿Qué tenemos que escuchar detrás de una puerta? ¿Qué historia debemos empezar a escribir? Requena es –como buen obituario- un escrito de exilio. Los amigos se reúnen a hacer lo que mejor hacen los compatriotas, llorar al amigo caído. La historia –con y sin mayúsculas- empieza después, cuando se elige qué camino tomar para contarla y ahí, sobre nuestras cabezas, empiezan los cuervos a sobrevolar el cielo.

domingo, noviembre 14, 2010

"Nadie olvida la verdad, sólo saben mentir mejor", tomado de una película.
Reproducción

que la cultura es de derecha me parece cada día mas claro y denso. Se trata de reproducir, eso, de una cuestión vinculada con la natalidad, con dar a luz, sin luz, lo mismo de cada día, del día anterior, para que nada cambie. Aun cuando aparezcan efectos de superficie -en esta época donde lo profundo está a flor de piel- y, aunque suene paradójico, esos efectos de superficie, no sean otra cosa que la reafirmación de la afirmación. Por más border, que aparenten ser, muchas manifestaciones no son otra cosa que la misma factura de nuestra rutinaria esclavitud. El Estado por su parte es la invención acabada de la derecha, la frutilla del postre, el sueño de los zurdos. Por ejemplo, una radio de FM de la UBA siempre estará conducida por esos chicos blancos que toman mate y viven en Barrio Norte.