
domingo, febrero 27, 2011
domingo, febrero 20, 2011

Elegías romanas (versión caradura de una obra de Goethe)
Elegías romanas porque todas las negras camboyanas nacidas en campos para refugiados te cansaban con su aliento a cebollas hervidas. De las hijas de cónsules perversos que suelen concurrir a las reuniones de la embajada, hubieras escogido a las altas y rubias, pero a la hora de decidir volvías a tu vieja preferencia, las chicas de la Piazza Spagna. De las torpes indonésicas budistas, con sus vientres cansados y febriles o las bucólicas geishas que atentas sirven el té en salones de papel de arroz, considerabas superiores a tus romanas. Cuando una teutona te hablaba de filosofía o una francesa te hacía sentir su perfume; cuando una española te bailaba una jota o una gitana te leía las manos; cuando una carioca te susurraba al oído o una inglesa de sonreía tristemente, te quedabas mudo y con la mirada perdida te decidías como siempre por tus muchachas. A todas las bañistas húngaras considerabas elementales y, parejamente, a las nórdicas tildabas de superficiales; con cada una de las esposas de un sultán soñaste dormir o comer uvas, pero a la vuelta de esos divagues sabías que en Roma estaba tu destino. Volvías a elegir romanas cuando una portuguesa te recitaba poemas o cuando una traductora rusa te prestaba ayuda en el aeropuerto de Moscú. Por otros lugares paseaste tus inquietudes: te hartaste de las americanas de Bostón, te aburrió la tonada de las panameñas y te resultó poco estimulante la actitud de las paraguayas. Las porteñas te cayeron demasiado cursis y las australianas, por demás ingenuas. Al final del trajín, tu elección caía por su propio peso. Te sentabas a la mesa de un bar de la strada Rivoli y pedías un expresso mientras veías a tus chicas cruzar la calle, comprar flores o encender cigarrillos.
domingo, enero 30, 2011
miércoles, enero 26, 2011
miércoles, diciembre 22, 2010

Lo que piensa la mayoría de la gente -esa palabra que suele usar Clarín para titular a la sociedad- lo que siente bien profundo es que la culpa de nuestros males radica en los políticos y la política en general, en los inmigrantes -nunca si vienen de Dinamarca-, los villeros y los "negros", por ser breve.
La gente piensa que a los "okupas" hay que echarlos, nadie sabe adónde. Es más, si pudieran hacer un genocidio higiénico, lo harían.
Entonces, por qué no reconcer a estos próceres que hicieron el trabajo sucio de la sociedad civil que resultó ganadora del modelo de los últimos 30 años.
Videla, no te olvidamos y te reconocemos.
Leímos El Silencio, de Luis Gruss.
De manera inversa a lo que una mente estrecha como la mía podría pensar, un elogio no es sinónimo de recomendación. Es por eso que El silencio, el reciente libro de Luis Gruss, publicado por Capital Intelectual, no es una invitación, al menos en su forma narrativa, al recato ni a la vida monacal.
Todo lo contrario, lejos de las formas que hacen del vacío su todo o que se presentan desnudas como un patio zen, El silencio, es un libro frondoso, un libro citadino y céntrico. Un libro donde la idea de silencio no pasa por invocar la ausencia de ruido sino por definir al silencio como aquello que no se escucha en medio del bullicio.
Un texto diseñado para aquellos que quieren recoger pequeñas flores en plena selva. Es, sin dudas, un artefacto para psicoanalistas o detectives, un libro para aquellos que entre tantos rostros iguales pueden descubrir uno peculiar.
Pero retomando, a pesar de llamarse El silencio, sus páginas son recorridas por infinidad de voces, citas, reflexiones, es, paradójicamente, un silencio coral.
Sus tiempos parecen los de la tertulia, otra imagen contrastante al silencio. Los nombres propios que abonan cada una de las posturas que se esgrimen a cada momento provienen desde distintos tiempos y distintas geografías. Diversas culturas en una charla atemporal invocadas para hablar de lo que hay que callar o de lo que significa callar.
Este cuadro sin tiempo, este óleo metafísico, lo vuelve un pastiche rockero que tiene o busca la emoción con la lógica de una canción. El silencio es una canción de cuna; se escribió para ser leído con poca luz, en medio de la gente, cuando todos están hablando.
lunes, noviembre 15, 2010
Acabo de terminar Requena, de Alejandro García Schenetzer, un texto publicado en 2007 por Editorial Entropía, que imagino se conseguirá en las librerías de Buenos Aires.
Siento más tu muerte que mi vida
Ahora mis palabras: Le toca a la crítica eso de ser un segundo lenguaje que no viene a mitigar los desvelos de aquellos que buscan un sentido, con comillas, quiero creer, o varios sentidos, sino a proponerlo. De un modo más evidente que esto, la producción de la crítica, aparece en la vida, por obra y gracia de la imaginación, el virtuosismo petulante y la vanidad, ese género que vive en las muertes, que es postrero por naturaleza, que crece en los velorios como un hongo, cuando los autores –que siempre están muertos, diría un filósofo-, se mueren, vale decir, entregan sus palabras a los demás, muy a pesar de aquello que decía que un autor es el primer lector de su propio texto. La nota al pie de cualquier trabajo crítico –aunque nadie quiera vincular al sujeto empírico con su producto- podría escribirse de la siguiente manera y ser pronunciada con vos de estudiante gay “¿vieron que inteligente que soy?”. Entonces, proliferan todos esos textos ingeniosos que buscan sacar palomas por arte de magia, haciendo gala del arte indiscriminado de la cita e inundando suplementos culturales, que son algo así como las cloacas de la ciudad culta. Dicho, porqué escribir algo sobre algo que ya escribió sobre otra cosa, en nuestro caso Requena. La respuesta es: por cortesía. Debo una respuesta a su autor, quien tuvo la mala conducta de haber leído un trabajo mío, con perdón de los Trabajadores del mundo que nunca se unieron.
Requena es una interpretación, un arreglo musical, una partitura sobre una obra ya escrita. Esto no debe leerse como un ataque a la originalidad. Más bien lo contrario, es una revisita, una relectura. En estos tiempos nos queda el arte de la Conquista, nada más: construir un templo, con una nueva religión donde supo habitar otro, con otros dioses y otros rituales. Nuestro arte, por eso es bestial y emancipador. Viene en nombre de las buenas cosas a destruir las que otros consideraban, a su vez, del mismo modo y con igual derecho, buenas y justas. Volviendo. Como pieza musical viene a componer un réquiem de cámara, fragmentario. Quiere sumarse a un canon de obras elegiáticas, aquellas que buscan robarle algo a la muerte, como en la música se hace un impasse para robar un tiempo a la consecutio de las notas, así el final de este libro: “Como una hora esperamos en silencio tras la puerta... Hicimos callar a los vecinos para escuchar. Transcribo lo que llegamos a entender...” Así finaliza Requena cuando el nombre propio, se lleva desde su lecho de muerte, la experiencia de un sacerdote anarquista al más allá. Sus deudos, jóvenes para nada pervertidos por este socrático porteño, empiezan a escribir lo que llegan a entender. La crítica, mi tan odiada escritura, en su mejor versión, no en la de los profesores de Letras ni la de los críticos literarios, da su mejor zarpazo cuando asume su rol de carancho y se viste de negro. Rondar, que es como escribir, las palabras ajenas, así como en los cementerios se busca profanar tumbas. Salvo que en la escritura no hay tumbas ni nada sagrado y la profanación es sólo una metáfora que como tal es ideología pura. Acaso se trata de revolver los restos. Y en Requena, eso aparece desde el mismo arranque. “Restos”, una partitura de pedazos, una obra puntillista que suena y sueña ajada como una reliquia vanguardista. Aquél barón impune, amado por jóvenes palermitanos –no había ni una mujer en su séquito-, salvo aquellas que se enamoraban de su fama y acaso perpetraba fuera de los alcances de su dominio, para tener consigo la salvedad de no ser un cogedor -Requena es puro- se lleva con él la estafa de una sabiduría portátil, de un random de respuestas, de una credulidad. Requena, es la canción de la pérdida. Un poema beatnick decía “este niño está aprendiendo la epistemología de la pérdida”, en alusión a la tristeza de un niño cuando pierde su pelota. Lo mismo. Requena es una pregunta, también. ¿Qué se perdió? ¿Qué tenemos que escuchar detrás de una puerta? ¿Qué historia debemos empezar a escribir? Requena es –como buen obituario- un escrito de exilio. Los amigos se reúnen a hacer lo que mejor hacen los compatriotas, llorar al amigo caído. La historia –con y sin mayúsculas- empieza después, cuando se elige qué camino tomar para contarla y ahí, sobre nuestras cabezas, empiezan los cuervos a sobrevolar el cielo.
domingo, noviembre 14, 2010
viernes, octubre 29, 2010

jueves, octubre 28, 2010

miércoles, octubre 27, 2010

jueves, octubre 07, 2010
viernes, octubre 01, 2010
Barcelona 2010
Vine por primera vez en 1994. Menen era por primera vez presidente de la Argentina. Viajar era barato porque nuestro peso estaba sobrevaluado. Me pagué el pasaje vendiendo una Fender Aniversario y un amplificador Acoustic, también vendí unos pedales que usaba para alterar el sonido de la guitarra. Recuerdo a mi vieja diciéndome “no la venda, te vas a arrepentir”, tenía razón; pero los desvíos en nuestros caminos son raros y, aún arrepentido, ese viaje me sirvió para ver qué cosas cambiaron para mí, sólo para mi mirada, de la Barcelona del 94 con esta del 2010.
La del 94 era una ciudad más marginal, más densa, uno sentía que en la calle había gente sacada, medio drogada, alcoholizada, algo agresiva. Se escuchaban gritos en la noche que atravesaban las ventanas del hotel de la Rambla donde paraba. A la mañana temprano uno veía las calles sucias y el estado general de la ciudad si bien estaba entero era algo normal comparado con Buenos Aires.
Hoy Barcelona parece una ciudad entera recién construida. Como si en 10 años se pudiera levantar una ciudad como esta desde la nada. Las calles están azules y las líneas que ordenan el transito, dividen los carriles, protegiendo a los peatones en las esquinas, relucen recién pintadas con colores plenos de amarillo y blanco. Los edificios viejos del ensanche tienen los bronces relucientes y sus puertas como nuevas, restauradas en sus partes y puestas en valor con maderas tersas y jóvenes que enseñan sus lacas y barnices lustrosos. Si vieran la puerta de mi casa en Buenos Aires, carcomida por el olvido y gastada por el sol que la dejó seca como un pedazo de tronco abandonado en medio del desierto, llorarían de tristeza.
El barrio donde está la Fira Nueva, cerca del Montjuic, uno lo puede entender. Es un barrio como nuestro Puerto Madero, surgido de algún boom inmobiliario o producto de vaya uno a saber qué clase de arreglo. Sí, podemos entenderlo. Uno camina por sus calles con la misma angustia que produciría caminar por un barrio en la Luna. No podemos saber quién vive en esos edificios que parecen desolados. No vemos a nadie por sus calles o lo que es peor, a veces vemos desde lejos a alguien cruzar una esquina y rápidamente desaparecer, lo que nos produce algo más cercano al vacío y la soledad que a la alegría de ver un ser humano en medio de la nada.
El Barrio Gótico, quizá es lo único que cuando lo veo parece más cerca de aquel recuerdo del 94. Acaso por su antigüedad un poco decadente y su entrazado lúgubre propio de algo que no viene de la modernidad. Es, desde ya, el contra canto al ensanche el que con todo su damero programado y su desborde irracional, también burgués, con sus botánicos devaneos modernistas le da la razón a aquella idea que decía: “documentos de cultura, documentos de barbarie”.
lunes, septiembre 06, 2010
¡Cómo puede haber tanto periodista forro para decir las cosas que dicen de los pibes que toman las escuelas! ¡Qué hacen politica! Y sí, alguien la tiene que hacer. Esos periodistas se horrorizan de que los pibes van a perder el año. ¡Y que lo pierdan! Total, ¿para qué quieren que terminen la escuela? ¿Para ser jurados de Tinelli?